Después de varios días extraños encontré en mi puerta un gato impasible, esperando somnoliento una cena que me reclamaba (a mi o a alguien) en su calidad de príncipe. Se dedicó a estudiarme con indiferencia mientras sacaba las llaves, abría la puerta y llamaba al ascensor. Si hubiese medido dos metros más que yo no habría notado más su mirada por encima del hombro.
En el trayecto traqueteante hasta mi casa pensé en complacer a su excelencia y un rato mas tarde le bajé algo envuelto en una servilleta. No se apresuró a comérselo, lo olisqueó y luego se dignó a darle unos pequeños bocados. Le dejé intimidad.
Cuando volví la vista el pliego de papel estaba ya vacío y el gato en su posición original. Tuve la tentación de acariciarlo pero temí que se desvaneciese en el aire, consciente de que ese truhán no estaba hecho de zarpas, bigotes y ojos esmeralda, sino de algo más oscuro, un deseo anudado con sueños y una petición de ayuda. Abrí al puerta y al mirarlo por última vez, se había marchado. Desde la oscuridad, un maullido, nada más. No lo he vuelto a ver, ni lo recuerdo antes de esa noche.
Pero al día siguiente el príncipe de los gatos me concedió lo que le había pedido.

te has hecho esperar mucho, me gusta leerte, gracias por compartir tus textos, me gustan los gatos, son animales especiales. besos y se feliz ;)
Adoro las imágenes de tus último posts.
Un beso
Amanita, me alegro de que te guste lo que escribo, siempre eres bienvenida. Espero ser un poco más constante.
Jamais-vu, todos tenemos una Alicia y un País de las Maravillas en nuestra vida. Ojalá supiese dibujar así. Al menos encontramos imágenes que son como ventanitas a eso, son bonitas ¿verdad?
Un beso muy grande.